Beatriz Tarré Alonso 1, Renata Cardozo Padilha 2
1 Programa de Pós-Graduação em Ciência da Informação (PGCIN),
Recibido: 11/08/2024
Aceptado: 8/01/2025
Publicado: 20/01/2025
To cite this article: Tarré Alonso, Beatriz; Cardozo Padilha, Renata, 2025. Interacción de Arquitectura y Escultura en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba: Un Análisis de Simbolismo e Identidad Cultural. Culturas. Revista de Gestión Cultural, 12, 1-20. https://doi.org/10.4995/cs.2025.22258 |
Resumen
Este estudio examina la interacción entre arquitectura y escultura en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, explorando cómo ambos elementos contribuyen a la creación de un símbolo de identidad cultural. Se analiza la evolución arquitectónica del edificio desde sus raíces antiguas hasta sus formas modernas, así como la integración de obras escultóricas de destacados artistas cubanos. Estas esculturas no solo embellecen el entorno arquitectónico, sino que también reflejan la riqueza cultural del país y su transformación a lo largo del tiempo. El artículo considera las limitaciones económicas y técnicas enfrentadas durante la construcción y su impacto en la expresión simbólica del museo. Se concluye que el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba representa una fusión entre la historia, el arte y la identidad cultural, proyectando estos valores hacia el futuro.
Palabras clave: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, arquitectura, esculturas cubanas, identidad cultural, evolución artística.
Abstract
This study examines the interaction between architecture and sculpture at the National Museum of Fine Arts of Cuba, exploring how both elements contribute to the creation of a symbol of cultural identity. It analyzes the architectural evolution of the building, from its ancient roots to its modern forms, as well as the integration of sculptural works by prominent Cuban artists. These sculptures not only embellish the architectural environment but also reflect the country’s cultural richness and its transformation over time. The article considers the economic and technical limitations faced during the construction and their impact on the museum's symbolic expression. It concludes that the National Museum of Fine Arts of Cuba represents a fusion of history, art, and cultural identity, projecting these values into the future.
Keywords: National Museum of Fine Arts of Cuba, architecture, cuban sculptures, cultural identity, artistic evolution1. Introducción
El Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba (MNBA), fundado en 1913, constituye un ejemplo emblemático de la interacción entre arquitectura y escultura en el contexto cubano. Su historia revela cómo ha evolucionado su proyección museológica a través de distintos períodos y sedes, con variaciones en sus colecciones, exposiciones y servicios.
El Edificio de Arte Cubano, inaugurado en 1954, exhibe colecciones de arte nacional, incluyendo pintura, escultura, dibujo y grabado, organizadas en un discurso que abarca cuatro períodos: Arte en la Colonia, Cambio de Siglo, Arte Moderno y Arte Contemporáneo. Además, dispone de salas y espacios en el patio interior para exposiciones temporales que muestran tanto las colecciones del museo como obras de artistas cubanos destacados. Estas exposiciones reflejan el lugar que ocupa el patrimonio artístico en la cultura nacional y su representación en el imaginario colectivo, particularmente en el público joven, que percibe el museo como un medio para construir su historia y patrimonio (Paz Vargas, 2020).
A partir de 2001, tras la reapertura del museo luego de una reparación capital, los cambios en su concepción museológica se hicieron más evidentes. Este artículo se propone analizar cómo la arquitectura del antiguamente denominado Palacio de Bellas Artes y las esculturas que adornan su exterior, funcionan en conjunto para representar la identidad cultural cubana. Se eligió el Edificio de Arte Cubano del MNBA para el estudio debido a que alberga una parte significativa del patrimonio cultural de Cuba, con la colección de arte cubano más importante, que abarca desde el siglo XVI hasta la actualidad. De este modo, el MNBA se ha convertido en un símbolo de la identidad nacional, posicionándose como un museo paradigmático en Cuba.
A través de un recorrido por la evolución arquitectónica del edificio y el estudio de las obras escultóricas que lo decoran, el presente artículo busca comprender cómo estos elementos reflejan tanto las influencias artísticas internacionales como las tradiciones locales. Asimismo, explora el simbolismo inherente en estas obras y su papel en la construcción de un sentido de identidad nacional. El análisis incluye una consideración crítica de las limitaciones económicas y técnicas que afectaron la ejecución de estos proyectos, y cómo estas restricciones influyeron en la expresión artística del museo.
La construcción del Palacio tuvo lugar cuando el Dr. Tomás Felipe Camacho, del Patronato Pro-Museo Nacional solicitó por acuerdos tomados entre el presidente en aquel entonces, Ramón Grau San Martín y la propia institución, el desalojo del Mercado del Polvorín. Una vez presentado el proyecto del arquitecto y pintor Alfonso Rodríguez Pichardo, quien realizó previos estudios de la técnica museográfica contemporánea, concibiendo algo nuevo y mucho más económico, se comenzó a ejecutar la demolición del antiguo Mercado, sobre cuyos cimientos se erigió el Palacio (Cobas Amate, R., 2013).
La historia del Museo Nacional ha estado marcada por más de cincuenta años de contradicciones entre el edificio y sus colecciones. Desde su fundación, la institución enfrentó serias limitaciones debido a que los antiguos inmuebles en los que se alojaban las colecciones no lograban satisfacer las crecientes necesidades museísticas del país. Aunque la construcción del Palacio de Bellas Artes, concebido como un museo polivalente, representó un avance, los criterios programáticos de su época respondieron más a la concepción de una galería que a la de un museo integral. El edificio, aunque innovador en su diseño, presentaba deficiencias estructurales y funcionales que dificultaban la adecuada conservación y exhibición de las colecciones (Linares Ferrera, J., 2003).
A partir de 1959, con el triunfo de la Revolución Cubana, las colecciones del museo se incrementaron considerablemente, y la institución definió su vocación como "museo de artes", enfocándose en la promoción y preservación del patrimonio artístico cubano. Sin embargo, las deficiencias congénitas del edificio, tales como la falta de espacios adecuados para la exhibición, almacenamiento y conservación de las obras, se hicieron más evidentes. Estas limitaciones alcanzaron un punto crítico en la década de los 80, lo que obligó a los responsables del museo a replantear su enfoque y considerar un crecimiento físico integral como solución.
La decisión tomada en 1996 de iniciar un ambicioso proyecto de renovación fue un hito en la historia del museo. Este proyecto tenía como objetivo no solo satisfacer los requerimientos de un museo de bellas artes contemporáneo, sino también preservar el valor cultural y material de las importantes colecciones existentes. Se concibió la creación de un conjunto museístico conformado por tres edificios emblemáticos: el antiguo Cuartel de Milicias, el Palacio de Bellas Artes y el Centro Asturiano de La Habana. Cada uno de estos edificios fue destinado a una función específica, permitiendo una especialización en la exhibición de arte cubano y universal.
El proyecto incluyó rigurosos parámetros técnico-ambientales para garantizar la conservación óptima de las obras, como un control preciso de la temperatura (24ºC ± 2), la humedad relativa (65% ± 5) y la iluminación (200 lux para pinturas y 50-75 lux para obras muy sensibles) (Linares Ferrera, J., 2013). La intervención en el Palacio de Bellas Artes se propuso en términos de renovación, lo que implicó una profunda reestructuración espacial, la reordenación de las circulaciones y el diseño de un sistema de iluminación que integrara la luz natural y artificial de manera innovadora. Este enfoque permitió que el edificio, respetando su lenguaje racionalista original, se adaptara a las exigencias contemporáneas, asegurando la accesibilidad y la funcionalidad.
El patio central del Palacio fue transformado en un espacio abierto, donde la arquitectura y la escultura dialogan de manera armoniosa. La inclusión de esculturas no solo embellece el entorno arquitectónico, sino que también refuerza la narrativa cultural del museo, integrando el pasado y el presente en una expresión única de identidad nacional. Durante el proceso de renovación, se descubrieron fragmentos arqueológicos de la fachada original del Mercado de Colón, lo que añadió un nuevo valor histórico al proyecto, vinculando el museo con la historia de La Habana (García, M. M., 2017).
Según apunta Caravia (1954), entre los arquitectos hay quienes construyen eliminando todo adorno y dejándose dominar por la estructura del edificio, y componen tratando de lograr un conjunto armonioso con las calidades o texturas de los materiales. Este grupo generalmente tiene una formación científica y es de cultura artística limitada. Otro grupo utiliza como complemento de sus obras a sus hermanas en las Bellas Artes: la Pintura y la Escultura. Alfonso Rodríguez Pichardo, que estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes “San Alejandro”, artista, pintor, alumno eminente de la Universidad y arquitecto amante de las nuevas formas, es de los que creen en la indispensable colaboración de la pintura muralista y de la escultura arquitectónica como complemento en los edificios. Por eso en el Palacio de Bellas Artes o Museo Nacional no perdió la oportunidad de embellecerlo con la ornamentación de varios grupos escultóricos. Estos han tenido que realizarse con una nueva técnica basada en la soldadura de acetileno, con chapas de cobre y revestidas finalmente en un baño de cobre, sistema novísimo que hace ultraligeras las esculturas en bronce.
En este sentido, el MNBA ha sido, a lo largo de su historia, un actor clave en la construcción y negociación del patrimonio cultural cubano. En su relación con la comunidad, el museo no solo ha sido un espacio de preservación y exhibición del arte, sino también un escenario de interacciones entre la producción artística y las dinámicas sociopolíticas de la nación. Este proceso se inscribe en las tensiones sociales, políticas y culturales que modelan la identidad cubana, reflejando tanto las luchas como los acuerdos en torno a lo que constituye el patrimonio simbólico de la nación (Cantera Pérez, A. J., 2020).
El presente artículo busca demostrar cómo, a través de la integración entre arquitectura y escultura, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba ha logrado no solo preservar su patrimonio, sino también proyectar hacia el futuro una identidad cultural rica y multifacética. El análisis incluirá una consideración crítica de las limitaciones económicas y técnicas que afectaron la ejecución de estos proyectos, y cómo estas restricciones han influido en la expresión artística del museo y en su capacidad para adaptarse y evolucionar a lo largo del tiempo.
1.1 Metodología
El objetivo principal de este estudio es analizar la interacción entre la arquitectura y la escultura en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y cómo contribuyen a la construcción de una identidad cultural simbólica. Se busca comprender cómo la evolución arquitectónica del edificio y la integración de obras escultóricas de artistas cubanos han contribuido a reflejar la riqueza cultural del país y su transformación a lo largo del tiempo. Se utilizó un enfoque cualitativo, combinando análisis histórico-arquitectónico y estudios de caso específicos de esculturas integradas en el edificio. Se realizaron revisiones de la literatura relevante para contextualizar los hallazgos.
El estudio revela cómo la arquitectura y la escultura en el Museo han evolucionado para representar la identidad cultural cubana, destacando elementos simbólicos y su impacto en la percepción pública. Uno de los hallazgos más destacados es la identificación de la manera en que las esculturas, además de cumplir una función decorativa, actúan como agentes narrativos que reflejan la historia y la identidad cultural cubana (Valderrama y Peña, E., 1952). El estudio también revela cómo las limitaciones económicas y técnicas durante la construcción del museo influyeron en las decisiones artísticas y arquitectónicas, afectando así su expresión simbólica.
Sus resultados podrían guiar futuras restauraciones y la integración de nuevos elementos artísticos en museos, respetando y realzando la identidad cultural. Al destacar la interacción entre arquitectura y escultura, se ofrece una nueva perspectiva sobre cómo estos elementos pueden ser preservados y reinterpretados en futuras intervenciones arquitectónicas y museográficas. Además, los resultados pueden servir de referencia para otros museos que buscan integrar sus colecciones escultóricas con la arquitectura del espacio de exposición. Por tanto, esta investigación se considera original en su enfoque interdisciplinario, combinando arquitectura y escultura para explorar su papel conjunto en la formación de identidad cultural en el contexto cubano. A través de un análisis detallado son aportados nuevos conocimientos sobre el papel de las artes visuales en la construcción de narrativas identitarias en espacios museísticos, y ofrece una visión enriquecedora del valor cultural del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.
2. Escultores cubanos y su legado artístico
A lo largo de los años, la escultura ha sido percibida como la disciplina más relegada dentro de las artes plásticas en Cuba. Se ha señalado frecuentemente las dificultades, tanto objetivas como subjetivas, que han enfrentado sus artistas. Aunque su presencia en los espacios expositivos ha sido limitada y la crítica no siempre ha respaldado su producción de manera consistente, como destaca Cabrera Pérez (2019), es necesario reconocer que el estudio y la investigación de la escultura cubana han experimentado un notable impulso.
Entre los escultores que aportaron a la creación arquitectónica del edificio y a la integración de obras escultóricas cubanas se encuentra Ernesto Emilio González Jerez (La Habana, 1922-1996), quien fue el principal encargado de llevar los bocetos o maquetas al material definitivo, debido a que los concebidos originalmente como proyecto estaban diseñados en bronce su fundición completa y por cuestiones de presupuestos económicos resultaron imposibles de ejecutar de esta manera. Ernesto ejecutó igualmente en 1953 el Grupo escultórico mostrado en la figura 1, que se encuentra en la esquina de las calles Monserrate y Ánimas, realizado en estructura de cobre y recubiertas en planchas del mismo metal.
FIGURA 1. Grupo escultórico de Ernesto Emilio González Jerez, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Este conjunto escultórico es una representación artística única que refleja la creatividad y habilidad del artista cubano. Se compone de diversas figuras y elementos que se entrelazan para transmitir un mensaje o una narrativa particular.
Ernesto Emilio González Jerez, nacido en La Habana en 1922 y fallecido en 1996, fue un destacado escultor cubano conocido por su maestría en la manipulación de materiales y su capacidad para capturar la esencia de su país en sus obras (Veigas Zamora, 2005). Realizó varios viajes a Estados Unidos y México, participando en exposiciones colectivas en estos países y en Cuba, como la II Bienal Hispanoamericana de Arte en 1954.
A lo largo de su carrera, recibió premios en el Salón Leopoldo Romañach y la VII Bienal Nacional. Su obra está presente en diversos lugares públicos, como el Monumento a las Madres en Consolación del Sur y el Grupo Escultórico en la Fachada del Museo Nacional. Además, tiene piezas en colecciones privadas y en instituciones como la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana y la Howard University de Washington D.C. (Rodríguez Morey, 2013).
Su contribución al Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba destaca por su técnica y su estilo único, que fusiona elementos tradicionales con un enfoque moderno y expresivo. Aunque son pocos los catálogos que se conservan sobre su trayectoria en el MNBA, destaca Exposición de Esculturas de Ernesto, que incluye un listado de algunas de las series escultóricas exhibidas en 1955. Este catálogo representa una valiosa referencia sobre el trabajo del artista, a pesar de la limitación en la documentación disponible (Instituto Nacional de Cultura, 1955).
El Grupo escultórico de González Jerez, confeccionado en estructura de cobre y recubiertas en planchas del mismo metal, muestra una impresionante destreza técnica y una atención meticulosa al detalle. Sus formas y figuras pueden evocar temas históricos, culturales o simbólicos, ofreciendo al espectador una experiencia visual y emocional profundamente enriquecedora.
Esta obra de arte no solo embellece el exterior del MNBA, sino que también forma parte del patrimonio cultural de la nación, sirviendo como un recordatorio duradero del talento y la creatividad de los artistas cubanos.
En la entrada principal del edificio se localiza Forma, espacio y luz de Rita Longa Aróstegui (La Habana, 1912-2000), escultura de mármol blanco proveniente de Isla de Pinos y ejecutada in situ, entre los años 1950-1953. La figura 2 muestra a continuación una imagen de la misma.
FIGURA 2. Forma, espacio y luz de Rita Longa Aróstegui, 1950-1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Esta escultura es una de las piezas más destacadas del MNBA. Obra que constituye un ejemplo magistral del talento y visión artística de su escultora.
Rita Longa Aróstegui, nacida en La Habana en 1912 y fallecida en 2000, es reconocida por su innovador enfoque escultórico que fusiona elementos abstractos con una sensibilidad contemporánea (Veigas Zamora, J., 2005). La escultora comenzó su formación en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro y en el Lyceum, aunque su aprendizaje fue mayormente autodidacta. Su primera exposición fue en 1932, y desde entonces participó en numerosas exhibiciones colectivas en Cuba, México, la República Dominicana, y Nueva York. El MNBA de Cuba ha organizado diversas exposiciones en honor a la escultora Rita Longa, entre las que destacan Rita Longa 70 Aniversario. Exposición de homenaje en el 70 aniversario de su natalicio y 50 años de vida artística (1982), Rita Longa: Exposición homenaje al 80 aniversario de la escultora y 60 años de vida artística (1992), y Centenario Rita Longa (2012), las cuales celebran su legado y trayectoria en la escultura cubana.
FIGURA 3. El Balcón del Caribe de Mateo Torriente Bécquer, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Esta obra emblemática se erige como una pieza fundamental en el contexto de la expresión artística cubana de mediados del siglo XX. Su autor, Mateo Torriente Bécquer, nacido en Las Villas en 1910 y fallecido en La Habana en 1966, fue un destacado escultor cubano conocido por su estilo distintivo y su compromiso con la representación de la identidad cultural cubana (Veigas Zamora, 2005). Estudió en la Escuela de Bellas Artes “San Alejandro” y, gracias a una bolsa de viaje, perfeccionó su técnica en Europa y América. A su regreso a Cuba, desarrolló un estilo expresionista que lo apartó del academicismo rígido, destacándose en diversas exposiciones. En la década de los 50, tras su estancia en Bruselas y México, se consolidó como una figura relevante en la escultura cubana. Además de su carrera artística, Torriente fue un destacado docente en la Escuela Experimental de Bellas Artes de Cienfuegos desde 1942, y en la actualidad dirige la Escuela Taller, cargo en el que es muy respetado por sus alumnos debido a sus excepcionales habilidades pedagógicas (Rodríguez Morey, 2013).
El MNBA ha rendido homenaje al escultor Mateo Torriente a través de exposiciones destacadas como Mateo Torriente (1910-1966). Muestra del mes (1985) y Mateo Torriente Bécquer (1976), ambas organizadas por el Instituto Nacional de Cultura en el Palacio de Bellas Artes. Estas muestras han permitido reconocer la trascendencia de su obra en el ámbito artístico cubano, consolidando su legado y celebrando su contribución al desarrollo de la escultura en la isla. Su obra incluye destacadas piezas como El Balcón del Caribe y varias pequeñas esculturas en terracota y yeso directo. Influenciado por la fauna y flora nacional, sus creaciones se destacan por una libertad de formas, volúmenes y un juego estilizado de espacios vacíos.
El Balcón del Caribe es un testimonio de esta dedicación, ya que representa una amalgama de elementos culturales afrocubanos, especialmente inspirados en instrumentos musicales tradicionales. La obra, realizada en cemento gris, captura la esencia vibrante y rítmica de la música afrocubana a través de sus formas fluidas y dinámicas (Delgado Cabrera, 2017). Además, su ubicación en la fachada del museo la convierte en un punto focal que resalta la importancia de la diversidad cultural y la herencia afrodescendiente en la identidad cubana.
Esta escultura forma parte del paisaje arquitectónico del MNBA y constituye un recordatorio poderoso de la riqueza cultural y la creatividad artística de la nación caribeña (Peñate Díaz, 2010). Su presencia destaca la capacidad del arte para expresar la complejidad de la identidad cultural cubana y su papel central en la historia y la sociedad del país.
De igual modo, en la entrada se localizan Catedrales de Los Carpinteros, conformada por tres puntas intercambiables de destornillador, realizadas con ladrillos más argamasa y constituidas por tres piezas de 5,00 x 0,80 x 0,80 metros, cada una. Dicha instalación fue ubicada desde la exposición colectiva Escultura Transeúnte en 2005 y reinaugurada en 2016 (Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, 2005). A continuación, en la figura 4 representa esta obra.
FIGURA 4. Catedrales de Los Carpinteros, 2005/2016
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba)
Esta instalación artística se destaca por su diseño único y su capacidad para generar reflexiones sobre temas como la construcción, el trabajo manual y la identidad cultural. Sus autores, Los Carpinteros, son un grupo formado por Alexandre Arrechea (Trinidad, 1970), Marco Castillo Valdés (Camagüey, 1971) y Dagoberto Rodríguez Sánchez (Caibarién, 1969), que destacan por el refinamiento técnico de sus obras, que provocaron un gran impacto en el arte cubano. El trabajo del grupo está vinculado a un pasado de riquezas y opulencia, que refleja una profunda crítica al contexto social y político de Cuba, desarrollando un estilo único que rompió con las tradiciones artísticas previas. Han recibido reconocimientos importantes, como el Gran Premio en la Bienal de La Habana (2000) y ha expuesto en instituciones de renombre internacional, consolidándose como uno de los grupos más influyentes en el arte contemporáneo cubano.
Catedrales de Los Carpinteros representa una exploración artística de los objetos cotidianos y su transformación en símbolos de poder y autoridad. Su presencia en la entrada del Museo invita a los espectadores a cuestionar y reflexionar sobre la relación entre el arte, la arquitectura y la sociedad contemporánea (Tonel, et al., 2013).
En la entrada trasera de la calle Ánimas, como muestra la figura 5, de Gelasio Giménez Barrera (Cienfuegos, 1926-Tegucigalpa, 2008) se puede apreciar desde 1953 Lagartijas, una escultura realizada en cemento.
FIGURA 5. Lagartijas de Gelasio Giménez Barrera, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
La escultura representa una serie de lagartijas en un entorno urbano, utilizando el cemento como material principal. A través de su estilo realista y detallado, Giménez Barrera logra transmitir una sensación de vitalidad y movimiento en las figuras de estos pequeños reptiles. La obra es un homenaje a la fauna local y a la relación entre el ser humano y el mundo natural.
Giménez Barrera, nacido en Cienfuegos en 1926 y fallecido en Tegucigalpa en 2008, fue un reconocido escultor cubano cuyo trabajo se destacó por su habilidad para capturar la esencia de la naturaleza y la vida cotidiana en sus obras (Veigas Zamora, 2005). Giménez Barrera resalta con Lagartijas, la importancia del arte público como una forma de conectar a las personas con su entorno y promover la apreciación de la naturaleza en el contexto urbano.
En uno de los laterales exteriores de la calle Monserrate, se encuentra una obra S/T de Jorge Romero García (La Habana, 1965) ejecutada en el año 2005, en mármol rojo campiña y acero, con las medidas de 2,30 x 1,30 x 0,90 metros. La misma se presenta en la figura 6.
FIGURA 6. S/T de Jorge Romero García, 2005
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Esta obra se destaca por su diseño contemporáneo y su capacidad para generar reflexiones sobre la forma y el espacio. La combinación de materiales como el mármol y el acero crea un contraste visual interesante y atractivo. La escultura invita a los espectadores a explorar la relación entre el arte y el entorno urbano, así como a reflexionar sobre temas como la identidad, la belleza y la función del arte en la sociedad contemporánea.
Su autor, Jorge Romero García, nacido en La Habana en 1965, es un reconocido escultor cubano conocido por su enfoque innovador y su habilidad para fusionar materiales diversos en sus obras (Veigas Zamora, 2005).
En la intersección de las calles Monserrate y Trocadero, según muestra la figura 7, se sitúa Ritmo de Teodoro Ramos Blanco (La Habana, 1902-1972), creada en 1953, con metal al oxiacetileno.
FIGURA 7. Ritmo de Teodoro Ramos Blanco, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Ritmo es una obra que refleja la influencia de las corrientes vanguardistas en el trabajo de Ramos Blanco. Realizada con metal al oxiacetileno, la escultura presenta formas abstractas que sugieren movimiento y dinamismo. A través de su diseño innovador y su estilo expresivo, la escultura busca capturar la energía y el ritmo de la vida urbana en la Habana de mediados del siglo XX. Su escultor, Teodoro Ramos Blanco, nacido en La Habana en 1902 y fallecido en 1972, se destacó por su estilo único y su contribución al arte moderno en Cuba (Veigas Zamora, 2005). Inició su formación artística en la Escuela Nacional de Bellas Artes “San Alejandro” en 1917, graduándose en 1928 como Profesor de Dibujo y Modelado. Posteriormente, ganó el Primer Premio del Concurso Nacional para la construcción del monumento a Mariana Grajales, lo que le permitió trasladarse a Italia, donde amplió su formación y realizó exposiciones en importantes espacios de arte. Tras su regreso a Cuba en 1936, asumió varias cátedras en la Escuela Nacional de Artes Plásticas “San Alejandro” (Tonel, et al., 2013).
A lo largo de su carrera, Ramos Blanco recibió numerosos premios, entre ellos la Medalla de Oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929) y premios en concursos nacionales de escultura. Realizó importantes monumentos como los de Mariana Grajales, Antonio Maceo, y José Martí, además de estatuas y bustos en Cuba y en el extranjero. Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente y se encuentra en prestigiosas colecciones de museos y coleccionistas privados. Además de su faceta como escultor, Ramos Blanco fue conferencista y escritor, contribuyendo al desarrollo y difusión del arte escultórico cubano (Rodríguez Morey, 2013).
El MNBA ha realizado exposiciones en homenaje a su trayectoria, como la muestra Teodoro Ramos Blanco (1902-1972) en octubre de 1977, resaltando su legado artístico, permitiendo una mayor visibilidad de su obra en importantes momentos de su carrera y reflejando su contribución al arte cubano. Por otra parte, la ubicación estratégica de Ritmo en una intersección concurrida del museo enfatiza su papel como punto focal en el paisaje urbano de la ciudad, invitando a reflexionar sobre temas como el movimiento, la armonía y la interacción entre el arte y el entorno urbano.
En Zulueta y Trocadero, ejecutada desde 1953, con estructura de bronce, hierro y cobre, se ubica La perspectiva, mostrada en la figura 8, que responde a las líneas modernas del edificio y fue una creación de Alfredo Lozano Peiruga (La Habana, 1913- San Juan, Puerto Rico, 1997).
FIGURA 8. La perspectiva de Alfredo Lozano Peiruga, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Esta escultura se caracteriza por su diseño abstracto y su estilo contemporáneo. Representa una interpretación visual del concepto de perspectiva, utilizando formas geométricas y líneas dinámicas para crear una sensación de profundidad y movimiento. Su ubicación en una intersección importante resalta su papel como una pieza central en el paisaje urbano de La Habana.
Su escultor, Alfredo Lozano Peiruga, nacido en La Habana en 1913 y fallecido en San Juan, Puerto Rico, en 1997, fue reconocido por su habilidad para fusionar la tradición escultórica con elementos modernistas (Veigas Zamora, 2005). Estudió en la Academia de San Alejandro y amplió sus conocimientos en la Escuela Libre de Escultura de México. Se destacó por su trabajo en técnicas como terracota, hierro y bronce, y sus obras fueron expuestas en importantes salones, como la Segunda y Tercera Exposición Nacional de Pintura y Escultura. En 1953, realizó una escultura ambiental para el Museo Nacional de Bellas Artes. Su estilo se caracterizó por una sólida monumentalidad y una influencia significativa de la escultura mexicana (Rodríguez Morey, A., 2013).
En 1968, Lozano se trasladó a Puerto Rico, donde se consolidó como figura central en la vanguardia escultórica local, expandiendo su arte a través de diversas técnicas y espacios. Su estilo evolucionó hacia una abstracción con una fuerte conexión con la arquitectura y la escultura ambiental. Fue parte fundamental del Estudio Libre de Pintura y Escultura en Cuba, promoviendo la enseñanza de la talla directa y la libertad creativa, lo que marcó un hito en la evolución de la escultura cubana (Tonel, A. E. et al., 2013).
Su obra La perspectiva invita a reflexionar sobre la naturaleza cambiante de la percepción y la realidad. A través de su diseño innovador y su impactante presencia, La Perspectiva se ha convertido en un símbolo icónico del arte cubano moderno y una parte integral del patrimonio cultural de la isla.
En el lateral de las calles Zulueta y Ánimas, de Juan José Sicre Vélez (Matanzas, 1898-Washington, 1974) se ubica desde 1953 otro Grupo escultórico, con estructura de bronce, el cual muestra su habilidad para el manejo del ritmo de las formas. La figura 9 a continuación refleja dicha escultura.
FIGURA 9. Grupo escultórico de Juan José Sicre Vélez, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Su autor, Juan José Sicre Vélez, nacido en Matanzas en 1898 y fallecido en Washington en 1974, fue un reconocido escultor cubano cuya obra refleja una fusión de estilos tradicionales y modernos (Veigas Zamora, J., 2005). Formado en la Escuela Villate y la Academia de San Alejandro, estudió en España, donde fue influenciado por Miguel Blay y otros maestros. Regresó a Cuba en 1927 y comenzó a enseñar en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura “San Alejandro”. A lo largo de su carrera, realizó monumentos y bustos a figuras importantes, y recibió numerosos premios y condecoraciones.
Exhibió en importantes salones internacionales y realizó monumentos emblemáticos, como el Monumento a José Martí. Fue galardonado con premios de gran prestigio y fue miembro de diversas instituciones culturales tanto en Cuba como en el extranjero (Rodríguez Morey, 2013).
Este Grupo escultórico, exhibe la habilidad de Sicre Vélez para manipular formas y crear composiciones dinámicas. La obra presenta una serie de figuras abstractas que parecen interactuar entre sí, transmitiendo una sensación de movimiento y armonía. El uso del bronce confiere a la escultura una durabilidad y una calidad estética duradera.
Su ubicación estratégica lo convierte en un punto focal importante en el paisaje urbano de La Habana, siendo una pieza central en el diálogo cultural y artístico de Cuba. Igualmente, de Sicre en el patio interior del Museo como evidencia la figura 10, se ubica Fuente de las Antillas, escultura realizada en piedra en el año 1950.
FIGURA 10. Fuente de las Antillas de Juan José Sicre Vélez, 1950
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Fuente de las Antillas es un ejemplo de su talento, ya que combina elementos tradicionales y modernos en una estructura arquitectónica única. La obra presenta una serie de figuras inspiradas en la iconografía caribeña, con motivos geométricos. El uso de la piedra como material principal le confiere una sensación de solidez y permanencia.
Su presencia enriquece el entorno arquitectónico y cultural del Museo, sirviendo como un recordatorio duradero del legado artístico y cultural de Cuba. Esta obra de Sicre Vélez es una parte integral del patrimonio cultural de la isla y una contribución invaluable al paisaje urbano.
Del escultor Ernesto Luis Navarro Betancourt (La Habana, 1904-1975) se encuentra un bajo relieve S/T, con formas abstractas cromadas, tallado desde 1954 en piedras de jaimanitas. La figura 11 lo muestra a continuación.
FIGURA 11. S/T de Ernesto Luis Navarro Betancourt, 1954
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Esta obra destaca por su estilo abstracto y sus formas geométricas, las cuales evocan una sensación de movimiento y dinamismo. Tallado con precisión en piedras de jaimanitas, este bajo relieve muestra la maestría de Navarro Betancourt en el dominio de la técnica escultórica.
Ernesto Luis Navarro Betancourt, nacido en La Habana en 1904 y fallecido en 1975, fue un destacado escultor cubano reconocido por su estilo único y su habilidad para trabajar con materiales diversos (Veigas Zamora, 2005). Formado en la Academia de San Alejandro, fue premiado por sus obras desde joven. Estudió en Madrid y viajó por Francia e Italia. Regresó a Cuba en 1927, donde presentó una exitosa exposición de sus trabajos internacionales. Sus obras fueron reconocidas en salones importantes y ganó varios premios, incluyendo el segundo premio en un concurso para erigir un monumento a Mariana Grajales. Fue también autor de monumentos como el Obelisco de la Plaza Finlay (Rodríguez Morey, 2013).
Navarro participó en diversas exposiciones internacionales, mostrando sus esculturas en importantes museos y eventos, así como también contribuyó con monumentos públicos en Cuba. Fue profesor en la Escuela Industrial y dejó un legado artístico significativo. Sus obras sirven como testimonio del talento y la creatividad de los artistas cubanos del siglo XX.
En los altos del interior de la entrada principal se haya una valiosa obra de arte. Ubicado en el vestíbulo “José Martí”, desde 1953, S/T, el mural de teselas de cerámica policromada de Enrique Caravia y Montenegro (La Habana, 1905-1998), realizado con la colaboración de Romárico Heredia, Joaquín Ferret y Rolando Portuondo. Señala Armando Maribona, en un artículo publicado en octubre de 1953, en el Diario de La Marina, que el mural de teselas de cerámica policromada es una composición simbólica que representa la evolución o etapas de las artes clásicas contemporáneas. Está conformado por mosaicos bizantinos en 320 paneles-fragmentos, con aproximadamente un millón de cubos que miden 1 cm² por 6 mm de espesor. Constituye la primera obra de su tipo que existe en Cuba. Además, dicha composición simbólica, mostrada en la figura 12 alude a la evolución de las diferentes etapas de las artes clásicas contemporáneas.
FIGURA 12. S/T de Enrique Caravia y Montenegro, 1953
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Enrique Caravia y Montenegro, nacido en La Habana en 1905 y fallecido en 1998, fue un pintor, grabador y muralista cubano reconocido por su habilidad para plasmar la identidad y la historia de Cuba en sus obras (Veigas Zamora, J., 2005). Formado en instituciones como la Academia de San Alejandro y la Escuela de Bellas Artes de Roma, Caravia asimiló diversas corrientes artísticas y técnicas, incluyendo el grabado, la pintura al fresco y la decoración mural. Su formación internacional en España, Italia y México le permitió enriquecer su estilo y explorar múltiples soportes artísticos (Rodríguez Morey, A., 2013).
A lo largo de su carrera, Caravia desempeñó un papel destacado en la escena artística cubana, tanto como profesor en la Academia de San Alejandro como expositor en eventos internacionales. Participó en exposiciones en Madrid, Viena, México y Estados Unidos, además de recibir reconocimientos como el primer premio en la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929) y medallas en los Salones de Bellas Artes de La Habana. Entre sus obras más notables destacan los murales del Monumento a José Martí y el mosaico sobre la historia de la cultura en el Museo Nacional de Bellas Artes (Spangler, y Schwarzmann, 2017). A través de su estilo expresivo y rica simbología, el mural de Caravia, ubicado en el vestíbulo del MNBA, invita a los espectadores a explorar su significado y a reflexionar sobre la relación entre el arte y la historia de Cuba. Su ubicación en el MNBA lo convierte en parte integral del patrimonio artístico de la isla.
Justo al frente de este mural y dando paso a la entrada del Museo se ubica La creación de Eugenio Rodríguez Rodríguez (La Habana, 1917-1968), realizada en 1954, y que se compone de metal al oxacietileno, como ilustra la figura 13.
FIGURA 13. La creación de Eugenio Rodríguez Rodríguez, 1954
Fotografía: Autora, 2020; cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Eugenio Rodríguez Rodríguez, nacido en La Habana en 1917 y fallecido en 1968, fue un destacado escultor cubano conocido por su habilidad para plasmar temas religiosos y mitológicos en sus obras (Veigas Zamora, 2005). A pesar de su relativamente breve trayectoria artística que abarca apenas tres décadas, se erige como una figura indispensable en la historia de las artes visuales cubanas. Su obra sintetiza y representa de manera ejemplar los diversos caminos estéticos que marcaron estas expresiones artísticas en Cuba durante las décadas de 1940, 1950 y 1960 (Tonel, et al., 2013).
Formado en la Academia de San Alejandro, Rodríguez no solo se nutrió de los cánones clásicos para modelar las formas, sino que también exploró la práctica de la talla directa en piedra y madera. Esta experiencia le permitió descubrir la infinita versatilidad de las formas y trascender los límites de la tradición representativa. A lo largo de su carrera, participó en numerosas exposiciones colectivas en Cuba, así como en la Universidad de Tampa y en los Salones de Xilografía Cubana en Ciudad de México. Entre sus obras más destacadas se encuentra uno de los grupos escultóricos que actualmente embellecen el exterior del Museo Nacional de Bellas Artes En el contexto del centenario de Rodríguez, el Museo celebró su legado con la exposición Juego de Ángeles, que, a diferencia de otras muestras, fue completamente tradicional, utilizando fondos del Museo para mostrar parte del patrimonio artístico y resaltar la importancia de Rodríguez en la historia de las artes visuales cubanas. Sus dibujos, grabados y esculturas reflejan los diversos estilos estéticos de las manifestaciones artísticas cubanas en las décadas de 1940, 1950 y 1960. (Cobas Amate, 2013, 2017).Conclusiones
En síntesis, la historia del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba ofrece una rica narrativa sobre la evolución museística y arquitectónica del país. Desde su inauguración, ha sido testigo y participante activo en la transición de formas arquitectónicas clásicas a modernas, reflejando no solo cambios estéticos, sino también una transformación en los conceptos museológicos y en los enfoques arquitectónicos adoptados a lo largo del tiempo.
El MNBA sigue siendo un elemento esencial en la formación de la memoria colectiva cubana, actuando como un punto de encuentro entre el arte, la política y la ciudadanía. A través de sus exposiciones y actividades, el museo promueve el diálogo entre la historia del arte cubano y la comunidad contemporánea, permitiendo que los valores culturales se mantengan vivos y en constante reinterpretación.
La fusión entre arte y arquitectura en este museo se materializa de manera evidente en las esculturas que adornan el edificio, obras de renombrados artistas cubanos. Estas esculturas no solo embellecen el entorno arquitectónico, sino que también enriquecen el diálogo cultural y estético del museo, integrando elementos tradicionales con enfoques modernos y expresivos. En un contexto globalizado, el museo enfrenta el desafío de preservar su identidad cultural a la vez que se conecta con las corrientes artísticas internacionales, consolidándose como un espacio relevante para el intercambio sociocultural.
La diversidad cultural constituye uno de los pilares fundamentales en las esculturas exhibidas en el MNBA. Desde elementos inspirados en la naturaleza y la fauna local hasta representaciones de la identidad y la historia cubana, estas obras actúan como poderosos recordatorios de la rica herencia artística y cultural de la isla. Además, promueven la conexión intrínseca entre el arte y la sociedad cubana.
La innovación técnica y expresiva es otro aspecto clave en las esculturas del museo. El uso de nuevos materiales y la exploración de formas abstractas y temáticas contemporáneas demuestran la capacidad de los artistas cubanos para evolucionar en su práctica artística, manteniendo siempre un vínculo con las tradiciones culturales de la isla. Este equilibrio entre innovación y continuidad en el arte cubano refuerza el papel del MNBA como un espacio dinámico donde se preserva y se celebra la identidad cultural de Cuba.
El Museo emerge como un símbolo de colaboración interdisciplinaria, fusionando la arquitectura con la pintura y la escultura en un espacio dedicado a la belleza, la creatividad y la reflexión cultural. Trasciende así de su función tradicional, convirtiéndose en un faro de la identidad cultural cubana, un lugar donde la historia se entrelaza con la contemporaneidad, y donde el arte actúa como un puente que conecta el pasado con el presente, proyectando hacia el futuro la creatividad e ingenio del pueblo cubano.
Agradecimientos
Este estudio fue financiado en parte por la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior - Brasil (CAPES) - Código de Finanzas 001, en el ámbito del Programa de Demanda Social, subvención número 88887.680064/2022-00.
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Anexo 1. Plano del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
Fuente: Autora, 2021