The Death of the Photographic Self-Portrait in the Post-Selfie Era
Gayet Valls, Javier
Universitat Politècnica de València
javiergayet@pin.upv.es
Ferrando Bermúdez, María
Universitat Politècnica de València
mariafb3030@gmail.com
Recibido: 30-06-2025
Aceptado: 05-02-2026
Publicado: 31-03-2026

Citar como: Gayet Valls, Javier; Ferrando Bermúdez, María. (2026). La muerte del autorretrato fotográfico en la era post-selfie. ANIAV - Revista de Investigación en Artes Visuales, n. 18, pp. 1-16, marzo. 2026. ISSN 2530-9986. https://doi.org/10.4995/aniav.2026.24233
PALABRAS CLAVE
Selfie; post-selfie; posthumanismo; fotografía; autorrepresentación; identidad; capitalismo algorítmico; redes sociales.
RESUMEN
Este artículo plantea una revisión crítica de la transformación del selfie —autorretrato fotográfico-digital publicado en la red— desde su consolidación como práctica identitaria en el entorno digital hasta su reciente disolución en nuevos modos de autorrepresentación posthumana. Partiendo de una genealogía teórica que recorre el auge del selfie como ritual de visibilidad —anclado en la cultura del yo, el capitalismo afectivo y la estética de la autenticidad curada—, proponemos que este objeto fotográfico ha entrado en una fase post-selfie, caracterizada por el desdibujamiento del rostro, la estetización algorítmica del cuerpo y la progresiva delegación de la imagen en agentes no humanos. El texto aborda esta mutación analizando prácticas contemporáneas y contrapone estos fenómenos a propuestas que ensayan una aparente resistencia estética. A través de una metodología de revisión teórica y análisis visual, construimos un relato que enlaza tecnología, economía y subjetividad en la era de la hiperexposición.
KEYWORDS
Selfie; post-selfie; posthumanism; photography; self-representation; identity; algorithmic capitalism; social media.
ABSTRACT
This article offers a critical review of the transformation of the selfie—the digital photographic self-portrait shared online—from its consolidation as an identity-forming practice within the digital environment to its recent dissolution into new modes of posthuman self-representation. Drawing on a theoretical genealogy that traces the rise of the selfie as a ritual of visibility—anchored in the culture of the self, affective capitalism, and the aesthetics of curated authenticity—we argue that this photographic object has entered a post-selfie phase, characterized by the blurring of the face, the algorithmic aesthetization of the body, and the increasing delegation of the image to non-human agents. The text examines this shift through the analysis of contemporary practices and contrasts these phenomena with initiatives that attempt forms of aesthetic resistance. Through a methodology based on theoretical review and visual analysis, we construct a narrative that connects technology, economy, and subjectivity in the age of hyperexposure.
La imagen de uno mismo ha sido, desde sus orígenes pictóricos y fotográficos, una herramienta para narrarse ante el mundo. Con la irrupción del smartphone y las redes sociales, el autorretrato se actualiza en forma de selfie, mutando su función, su estética y su impacto cultural.
El objetivo principal es trazar un marco teórico que actualice los estudios sobre los orígenes y la consolidación del selfie como herramienta popular de autorrepresentación digital, y que a su vez analice cómo sus formas más recientes apuntan hacia nuevas lógicas visuales que lo alejan del acto fotográfico que fue.
La metodología empleada es cualitativa y crítica. Nutriéndose de una revisión bibliográfica interdisciplinar —que abarca teoría visual, sociología, filosofía y estudios de medios— y de una observación atenta de prácticas emergentes en entornos digitales.
Hablar del selfie implica aceptar que no se trata únicamente de un género fotográfico ya consolidado. Es, como planteábamos en nuestra tesis (Gayet Valls, 2018), la condensación de una compleja genealogía donde la emancipación del sujeto, la tecnología digital y la infraestructura reticular confluyen para materializar una práctica de autorrepresentación que, paradójicamente, parece superar la misma idea de autoría.
Desde una perspectiva histórica, el selfie (Figuras 1.1 y 1.2) se puede comprender como la cristalización de varios procesos sociotécnicos. En primer lugar, la emergencia del adolescente emancipado fotográficamente (Gayet Valls, 2018) que, a principios del siglo XXI, comenzó a exponer su intimidad. Esta figura se presenta como una actualización digital del precursor paradigma de la ‘presentación del yo’ (Goffman, 1997) donde la identidad se escenifica constantemente, ahora mediada por pantallas y algoritmos que amplifican la visibilidad (Zafra, 2010).

Figura 1.1. Autorretrato digital adolescente publicado en foros abiertos en 2005. El sello de fecha y el espejo sucio evidencian las condiciones técnicas y estéticas de los primeros selfies.

Figura 1.2. Autorretrato masculino propio de la era pre-smartphone, difundido en comunidades digitales en 2005. El gesto de control absoluto sobre el encuadre y el cuerpo apunta ya a los códigos de autoexposición corporal y erotismo sin censura previo a la llegada de las redes sociales.
En segundo lugar, la masificación de la cámara digital facilitó la proliferación de imágenes, habilitando un modo de producción y distribución sin precedentes. Fontcuberta (2002) advertía ya entonces la crisis de la historia de la fotografía: la pérdida del ‘aura’ de la imagen fotográfica se transformaba en una nueva intimidad experimental. La cámara digital permitió el error, la espontaneidad y la repetición infinita, desplazando la solemnidad de la foto única hacia una lógica de archivo efímero pero interminable (Sontag, 2008; Gómez-Cruz, 2012).
Finalmente, el auge de la web 2.0 y las redes sociales convirtió la red global en una auténtica galería rizomática. La posibilidad de publicar, compartir y replicar autorretratos multiplicó el valor del selfie como signo social (Brea, 2007). Como apuntan Lasén (2012) actualizando las tesis de Bauman (2007), la autorrepresentación digital responde a una doble pulsión: la del deseo de visibilidad y la de la vigilancia difusa. Cada imagen publicada se convierte en un acto de comunicación performativa (González-Anleo, 2015), en la que el sujeto reitera su pertenencia a un entramado social hiperconectado.
En la actualidad, esta práctica ha mutado a través de capas cada vez más complejas de performatividad, edición y circulación. Como sugiere Clara Martí Pastor (2025), la representación del yo se desliza entre la máscara y la autenticidad simulada, en una coreografía visual que hace estallar las categorías tradicionales de autoría y originalidad. El selfie no es solo un disparo al espejo o a nuestro rostro, sino una narrativa expandida que se reescribe cada vez que es publicada, compartida o imitada.
Hablar de la semiótica del selfie es entrar en una zona donde la fotografía, tradicionalmente pensada como huella de lo real, se vuelve un simulacro consciente de sí mismo. En nuestra tesis (Gayet Valls, 2018) ya planteábamos que el selfie es, una representación autoconsciente: un signo que se sabe signo, una imagen que juega a mostrar la construcción de la identidad, pero que paradójicamente revela su carácter artificial. Fontcuberta (2009) sostiene que toda fotografía es un artificio, una mentira verosímil que la cultura ha naturalizado como garantía de verdad. Con la expansión del selfie, este pacto se erosiona definitivamente: la imagen deja de ser prueba documental para convertirse en un enunciado performativo.
Esta deriva se explica también desde la teoría de la imagen de Brea (2010), para quien asistimos a una transición hacia una tercera era de la imagen: la del flujo, la mutación y la autorreferencialidad digital. Si antes la fotografía ofrecía una ventana al mundo, hoy el selfie ofrece una ventana al yo reconstruido (Figura 2.1).

Figura 2.1. Selfie frente al espejo, estética claramente asociada a la cultura hipster de la década de 2010. Fuente: Archivo documental (2007–2025). Imágenes originales no disponibles en línea, conservadas como registro de los inicios del selfie en la web 2.0 y su evolución.
Desde un enfoque sociológico, podríamos entender esta práctica como una radicalización de lo que Goffman (1997) ya anticipó sobre la presentación del yo en la vida cotidiana: la identidad como representación escénica. Esta idea permite interpretar su auge tanto por la mediación del dispositivo móvil, erigido en nuevo espejo de Narciso, como por su inserción en el escenario de consumo líquido que delineaba Bauman (2007). La cámara frontal se convierte en el panóptico portátil de la subjetividad: nos devuelve nuestra propia imagen, pero a la vez nos expone ante una audiencia imaginada que legitima nuestra existencia digital (Zafra, 2010).
A nivel psicológico, Sibilia (2008) señala que esta exposición constante de la intimidad es síntoma de una mutación profunda en la construcción del yo. Del individuo introspectivo, que se replegaba hacia dentro en busca de sentido. La autoexposición se vuelve una estrategia de supervivencia simbólica, un modo de garantizar relevancia en un ecosistema saturado de estímulos.
Clara Martí profundiza en esta lógica cuando describe la máscara digital como un pliegue de la intimidad: “El selfie es máscara y evidencia, performatividad y huella” (Martí Pastor, 2025). Esta dialéctica revela que la imagen post-selfie es más bien un espacio de tránsito entre lo visible y lo espectral, entre la prueba y la simulación. Ya no se confía en la fotografía como garantía de verdad; se la emplea como un dispositivo para retorcerla y devolverla en múltiples capas de edición, filtros y retóricas visuales.
El selfie contemporáneo acelera la muerte simbólica de la fotografía como testimonio fiel de la realidad. Retomando a Fontcuberta (2009), la promesa de verdad se diluye en la era de la fotografía digital, donde toda imagen es sospechosa.
Es en esta atmósfera de sospecha donde se desliza, casi de forma subrepticia, el culto a la perfección visual que impera en las redes sociales. Instagram se ha consolidado como la plataforma paradigmática del perfeccionismo visual. Diversos artículos académicos y mediáticos coinciden en que los usuarios, sobre todo los más jóvenes, dedican horas a pulir su feed, llegando a construir una identidad visual coordinada y obsesivamente curada (Pérez Soler, 2025).
Fontcuberta (2009) ya advertía la pérdida de la fotografía como testimonio: en el feed de Instagram se comparte una versión manipulada de la realidad. Basándonos en nuestra tesis (Gayet Valls, 2018), sabemos que las lentes que propician el selfie embellecen artificialmente y consolidan una belleza inalcanzable. Estas alteraciones objetivan el culto al cuerpo propio, reforzando una alienación estética.
Un estudio de McComb y Mills (2022) demostró que la exposición a cuerpos ideales en Instagram genera comparación y perfeccionismo físico que, a su vez, incrementa la insatisfacción corporal. Otro estudio con población española (Varaona et al., 2024) asoció el uso intensivo de Instagram con mayor autocrítica y, entre los jóvenes, mayor insatisfacción corporal.
La lógica algorítmica de Instagram también refuerza este circuito. Como señala Sokolova et al. (2022), la plataforma premia contenidos visualmente impactantes, lo que intensifica la presión por publicar imágenes “objetivamente hermosas” que generen más likes, comentarios y visibilidad. Esta dinámica continúa alimentando el neocapitalismo digital, donde la identidad se convierte en mercancía (Figura 3.1).

Figura 3.1. Feed de una usuaria de Instagram. Fuente: Perfil público de Instagram de @idaandu, recuperado en junio de 2025 de https://www.instagram.com/idaandu.
El selfie curado es resultado y causa de una cultura que valora la perfección estética. No se trata solo de una elección visual, sino de un imperativo social y económico: autopresentarse impecable es una estrategia para asegurar atención y reconocimiento en un mercado de la mirada hipercompetitivo.
Si la fotografía inauguró la era del selfie como ejercicio de autorrepresentación, la irrupción de la imagen en movimiento ha transformado radicalmente este gesto. Ya a mediados de la década pasada, plataformas como Vine mostraron el potencial del vídeo corto como forma de expresión identitaria, anticipando lo que años después se consolidaría con Instagram Stories, Reels, TikTok y los shorts de YouTube (Figuras 4.1 y 4.2).

Figura 4.1. Evolución del uso del formato Shorts en YouTube (2021–2022). Fuente: Huang, Y., Swearingen, M., Rao, A., & Mislove, A. (2023). YouTube Shorts and the Rise of Short-Form Video. Proceedings of the ACM Internet Measurement Conference (IMC), 2023, 74–86. https://doi.org/10.1145/3614419.3644023.

Figura 4.2. Evolución del tiempo total diario dedicado por los adultos en EE.UU. a Facebook, Instagram y TikTok (2019–2025). Fuente: Insider Intelligence / eMarketer, citado en ReadWrite (2023). Recuperado el 30 de junio de 2025 de: https://readwrite.com/tiktok-vs-reels-performance-statistics-and-insights/.
Estudios recientes indican que el consumo de vídeo vertical ha superado en interacción y tiempo de visualización a la imagen fija (Statista, 2024). Según la Pew Research Center (2023), el 60 % de los jóvenes dedican más tiempo a crear y consumir contenido en formato vídeo que en fotografía estática. Un metaanálisis de Montag et al. (2023) confirma que TikTok se ha convertido en la principal plataforma de autoescenificación audiovisual, desplazando a Instagram como espacio privilegiado de autorrepresentación.
La clave está en el soporte: el vídeo vertical facilita una performatividad más compleja que el selfie fotográfico. La identidad se construye a través de la repetición: gestos, bailes o retos virales, que funcionan como guiones colectivos para inscribirse en la comunidad global de la mirada.
Como advertía Zuboff (2019), la economía de la atención se alimenta de datos biométricos cada vez más ricos: el cuerpo no solo se muestra, sino que se analiza, etiqueta y monetiza. TikTok encarna este neocapitalismo algorítmico: lo que era la foto pulida de Instagram se convierte en flujo constante de microvídeos que continúa colonizando cada instante disponible de lo que Zafra denominó previamente como “intimidad conectada” (2010).
Si la red global convirtió la imagen en moneda de intercambio, la figura del influencer ha llevado este principio al extremo de la economía de la visibilidad. Hoy, el cuerpo se gestiona como un capital simbólico y financiero. La monetización de la imagen personal, en plataformas como Instagram, TikTok o OnlyFans, pone en circulación prácticas que hibridan sexualización, autopromoción y microemprendimiento digital.
Según Abidin (2021), la cultura influencer funciona como un laboratorio neoliberal de la intimidad: lo público y lo privado se desdibuja para optimizar cada fragmento del yo. Zafra (2010) ya anticipaba esta idea como “cibercuartos propios”, espacios donde el sujeto negocia constantemente entre la exhibición y la autoexplotación.
La explosión de OnlyFans refuerza esta tensión. De acuerdo con Duguay et al. (2022), muchas creadoras perciben la plataforma como un espacio de libertad y autogestión, donde la sexualidad es un vehículo de empoderamiento económico. Sin embargo, la literatura feminista actual advierte los límites de esta narrativa: la autodeterminación convive con la perpetuación de roles normativos de género, donde la hipersexualización se vuelve moneda bajo demanda (Gill & Orgad, 2022) (Figura 5.1).

Figura 5.1. Belle Delphine, creadora de OnlyFans, posa con su “Gamer Girl Bath Water”. Este gesto, encarna los dilemas contemporáneos entre empoderamiento, performance digital y mercantilización del cuerpo. Fuente: Instagram de @belle.delphine (2019), imagen ampliamente difundida en redes sociales y medios digitales.
Desde la perspectiva crítica, este escenario encarna lo que Zuboff (2019) llama el capitalismo de la vigilancia: cada like o suscripción reconfigura el cuerpo como dato rentable. La influencer —o, en su versión más explícita, la creadora de contenido erótico— se sitúa así en una encrucijada: la de la autoexplotación libremente consentida. La pregunta sigue abierta: ¿se trata de emancipación digital o de la actualización de viejas lógicas patriarcales bajo la máscara de la autogestión?
Como advertía Bauman (2007), la modernidad líquida convierte el yo en mercancía: hoy esa mercancía es también el cuerpo —retocado, performado y rentabilizado— que alimenta un neocapitalismo de la intimidad.
Desde finales de 2017, la proliferación del deepfake ha abierto un nuevo capítulo en la autorrepresentación digital, donde ya no sabemos si la mirada que contemplamos es real o producido sintéticamente. El término se originó en Reddit a finales de 2017, cuando usuarios empezaron a intercambiar rostros en vídeos, principalmente pornográficos, y lanzaron herramientas como FakeApp a principios de 2018 (Burgess, 2022; Wikipedia, 2025a).
Estas tecnologías emplean redes generativas antagónicas (GAN), introducidas por Goodfellow en 2014, permitiendo la generación de rostros creíbles en movimiento, pero también plantando dudas sobre la autenticidad (Reality Defender, 2024) (Figura 6.1).

Figura 6.1. Deepfake de Tom Cruise, creado por el especialista en efectos visuales Chris Ume. Fuente: Captura del video publicado por Chris Ume en YouTube: “The Making of Tom Cruise Deepfake” (recuperado el 30 de junio de 2025 de https://www.youtube.com/watch?v=wq-kmFCrF5Q).
Un metaanálisis reciente reveló que los deepfakes con expresiones faciales emotivas medianas provocan respuestas emocionales divergentes en los usuarios, lo que complica la detección (Eiserbeck et al., 2023). Además, tecnologías avanzadas requieren contramedidas técnicas como MesoNet o DeepFakes detection frameworks (Afchar et al., 2018; Tolosana et al., 2020), pero ninguna garantiza inmunidad total.
Este escenario plantea una incógnita profunda: la erosión de la confianza en la imagen como prueba —un fantasma que, como hemos visto anteriormente, ya anunciaba Fontcuberta— se convierte en una amenaza tangible. Además, abre el camino a nuevas formas de manipulación donde la identidad resulta fluida, múltiple y prestada.
Una escena aparentemente trivial en Twitch —una conversación entre una youtuber y otro streamer— se convierte en el epítome de esta era post-selfie. Mediante una aplicación de tracking facial, el rostro real de la streamer es sustituido por el de un personaje diseñado a imagen de una chica estereotipada de anime japonés que reacciona en tiempo real a cada gesto, parpadeo o sonrisa ensayada. La imagen que muestra esta escena (Figuras 7.1 y 7.2) es más que una anécdota: señala la extinción definitiva del autorretrato como documento de lo real.

Figura 7.1. y 7.2. CodeMiko entrevista desde su avatar digital a una invitada presencial en un directo de Twitch (2023). Fuente: Canal de Twitch de CodeMiko (https://www.twitch.tv/codemiko).
Este fenómeno lleva al extremo la lógica de los filtros (Bailenson, 2021): no solo embellecemos la imagen, sino que la sustituimos por una figura ficcional. El rostro se transforma en un metahumano programado para imitar emociones y gestos en tiempo real (Zhao et al., 2022).
Lo que antes era una extensión del yo ahora se convierte en la invención de un otro. La máscara devora al sujeto original. La identidad se reconfigura como una narrativa performativa, desconectada de cualquier corporalidad estable.
Este desplazamiento convoca nociones filosóficas del posthumano (Braidotti, 2013): cuerpos que se desdibujan entre interfaces, inteligencias sintéticas y avatares replicables. El autorretrato deviene archivo ficticio —una coreografía de gestos espectrales que, paradójicamente, perpetúan la ilusión de presencia.
La creación de influencers completamente generados por IA constituye un punto crucial en la evolución post-selfie. Si Lil Miquela (Figura 8.1) ya hizo historia como avatar CGI en 2016, el caso de Aitana López —la influencer virtual desarrollada por la agencia The Clueless en 2023— (Figura 8.2) está marcando un nuevo estadio. Aitana acumula cientos de miles de seguidores en Instagram, genera ingresos por colaboraciones y se mueve en ámbitos de gaming, fitness e incluso erotismo moderado (Fernández Segura, 2023).

Figura 8.1. Publicación en Instagram de la influencer virtual Lil Miquela. Fuente: Publicación en Instagram de @lilmiquela (consultada en junio de 2025).

Figura 8.2. Vista parcial del feed de Instagram de Aitana López. Fuente: Captura del feed de Instagram de @fit_aitana (consultada en junio de 2025).
A diferencia de los deepfakes, donde existe un referente humano subyacente, Aitana fue ‘diseñada de cero’, totalmente mediada por una programación algorítmica (Fernández Segura, 2023; Wikipedia, 2025b). Su origen es meramente sintético.
Según Cascio Rizzo et al. (2023), los “influencers virtuales” ganan credibilidad social cuando incluyen elementos humanos, como “compañías” visuales o narrativas sociales. Sin embargo, Aitana representa un paso más allá: el algoritmo genera todas las variables de su personalidad, sin necesidad de simulación humana directa.
Desde la filosofía del posthumano, o metahumanismo (Braidotti, 2013), esta evolución impulsa una desmaterialización definitiva del yo: el cuerpo se disuelve en código, la imagen se convierte en superficie comercializable, y la identidad se vuelve un constructo algorítmico. Estos metahumanos no ocultan su artificialidad, se exhiben como productos perfectos, sin vulnerabilidad ni contradicciones.
La era post-selfie alcanza así su máxima radicalidad y deriva en muerte fría: la autorrepresentación no es ya autorreflexión, ni acto de visibilidad humana, sino una mercancía estética completamente generada y vendida.
El caso de Angelicism01, más que una figura, representa una comunidad performativa que opera como alter ego anónimo en internet. Este corpus colectivo sustrae su identidad para construir un ente digital que transita por redes como Substack, Tumblr e Instagram, articulando formas de contracultura y crítica tácita al entorno digital mainstream (Armiñana, 2023).
Las publicaciones de Angelicism01 —ensayos crípticos, ficciones breves, arte visual— simulan un ritual espiritual, generando un nicho de seguidores atraídos por lo esotérico y lo subterráneo (Angelicism01, 2023). No hay rostro, ni nombre, solo un ritual literario visual que cuestiona la autorrepresentación como práctica de soberanía emocional y artística (Figura 9.1).

Figura 9.1. Captura del perfil de angelicism01official en Instagram. Fuente: Cuenta oficial de Instagram de angelicism01. Recuperado el 30 de junio de 2025 de: https://www.instagram.com/p/CzWb51eozo9/?img_index=2.
Desde una óptica filosófica, Angelicism01 recuerda la idea lovinkiana de la “extinción de Internet” (Lovink, 2024): el sujeto desaparece para dar paso al acontecimiento rizomático. Su anonimato no es carencia, sino estrategia de resistencia frente al auge del capital de la visibilidad. Angelicism01 no es solo un alter ego: es una experiencia, un catalizador de una forma distinta de existencia digital—descentrada, líquida, posthumana.
Después de explorar fenómenos de simulacro extremo y disolución de la identidad, BeReal (Figura 10.1) emerge como un punto de inflexión: un espacio irreverente que ofrece una ventana de esperanza en la batalla contra la sobreproducción de imagen digital. Lanzada en 2020, esta app impone una dinámica radical: una vez al día, en un periodo aleatorio de dos minutos, los usuarios deben fotografiarse sin filtros, combinando cámara frontal y trasera, sin posibilidad de edición ni vistas previas (Highfield, 2023; Wikipedia, 2025c).

Figura 10.1. Selfie espontáneo en un probador de ropa publicado en BeReal. La imagen muestra la simultaneidad de cámara frontal y trasera, y encarna la estética anti-posing que define a la plataforma. Fuente: Imagen tomada de Demilked en “30 Hilariously Timed BeReal Photos That People Had to Share” (2023). Recuperado el 30 de junio de 2025 de: https://www.demilked.com/hilariously-timed-bereal/.
Diversas investigaciones recientes han abordado la paradoja de esta propuesta: Kim et al. (2024) entrevistaron a 29 jóvenes y concluyeron que BeReal, al contrario de Instagram, promueve una autorrepresentación espontánea y auténtica, reduciendo la presión social por trabajar una imagen (Kim et al., 2024). Un estudio de la UOC y la UAB (Bau y Armengou, 2024) identificó cómo los “nudges” diarios fomentan una publicación automática, casi inconsciente, que literalmente trabaja contra la vigilancia performativa habitual en redes sociales dominantes.
No obstante, incluso este espacio rebelde enfrenta tensiones internas. Angela Watercutter (2022) advierte que, pese a su promesa de "lo real sin aditivos", el impulso de curación social resurge: muchos usuarios esperan que el momento “valga la pena”, replicando la dinámica de perfección de otras plataformas. Así, la subversión original corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de exhibicionismo cotidiano.
Pese a esto, BeReal representa un modelo de resistencia algorítmica: una tentativa de crear un nos-otros digital donde lo casual, lo imperfecto y lo mundano se desmarquen de la lógica del like. En un ecosistema mediático saturado, su gesto contracultural no cancela las fuerzas hegemónicas —ni borra la historia de la autorrepresentación—, pero abre un espacio de posibilidad que no existía: la autenticidad programada.
Los procesos de autorrepresentación han evolucionado vertiginosamente en la última década, modelando el paisaje tecnológico y cultural de las redes sociales.
Uno de los hallazgos fundamentales de este artículo es la fractura entre imagen y sujeto. En las nuevas formas de representación digital, el cuerpo real se oculta o se transforma en un icono mutable, gestionado por algoritmos. El yo visual se convierte en un producto, pero también en un campo de batalla simbólico donde se negocia la autenticidad, la visibilidad y la resistencia. Del mismo modo, muchas de las plataformas que nacen como respuesta crítica a la cultura del like —como BeReal— acaban replicando, en nuevas formas, la misma lógica de curaduría social.
En última instancia, más que una evolución o diversificación del selfie, asistimos a su descomposición simbólica. Ya no se trata de mostrarse, sino de performarse para un mercado invisible y voraz. El yo visual, antaño instrumento de emancipación o juego identitario, se ha transformado en mercancía obediente: cuerpo embellecido, vendido, alquilado y reprogramado al ritmo del algoritmo. Así, la era post-selfie no representa su apoteosis, sino su derrota silenciosa.
Probablemente el selfie —entendido como objeto fotográfico cultural y contemporáneo— haya muerto: lo que queda es una máscara dócil, domesticada por las lógicas del capital, que posa frente a un vacío digital sin rostro. Como Alicia frente al espejo, se adentra en un reflejo invertido donde ya no reconoce su imagen, sino una versión extraña, pulida y manipulada por los deseos ajenos de un medio que ya no es ilusionante y democrático sino hostil. No hay rastro del yo que fue: solo una silueta que actúa como marioneta de los algoritmos, atrapada en un bucle de validación constante, donde la mirada del otro ha sustituido cualquier atisbo de identidad auténtica.
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Javier Gayet Valls (Valencia, 1980). Doctor en Bellas Artes, docente e investigador (PPL) en la Universitat Politècnica de València. Forma parte del Departamento de Pintura y del Centro de Investigación Arte y Entorno (CIAE). Entre sus líneas de investigación ha desarrollado el estudio del selfie como fenómeno visual y cultural contemporáneo.
María Ferrando (Valencia, 2002). Licenciada en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València y alumna del Máster en Producción Artística en la misma institución. Su línea de investigación se centra en el diseño y la imagen contemporánea como reflejo y agente de las transformaciones socioculturales actuales.